Revolución en la inteligencia colectiva

5 Noviembre 2019, Santa Bárbara (California)

1906. Y no estoy pidiendo una Estrella Galicia. En el otoño de ese año el inglés Francis Galton revoluciona el concepto de inteligencia. Y es que dando un paseo por una feria de ganado de Plymouth el estadista se topa con un concurso: adivinar el peso de un buey. Galton recogió las estimaciones de las 800 personas que participaban y, asombrado, descubrió que la media de las apuestas estaba terriblemente cercana al peso real del animal. Ningún participante había acertado. Sin embargo el grupo como unidad fue capaz de dar una predicción terriblemente precisa. Nace aquí el concepto de inteligencia colectiva: nadie sabe todo, pero todos sabemos algo.

Durante el siglo XX los métodos que usamos para alcanzar la sabiduría de las masas no han cambiado demasiado: resultados de votaciones y encuestas calculados en base a la media de votos u opiniones independientes. Pero echémosle un ojo a la biología, ¿Es así como maximizan su inteligencia los organismos que viven en grupo? Estoy hablando de las decisiones tomadas por peces que forman bancos, bandadas de aves o abejas que conforman un panal.

Francis Galton, el apuesto primo de Darwin

Lo cierto es que la madre naturaleza no recopila piezas de información independiente para luego hacer una media con ellas. En biología la manera de alcanzar la inteligencia colectiva es en base a sistemas dinámicos donde precisamente a partir del intercambio de información entre individuos surge la inteligencia grupal. Aún no se entiende de modo preciso cómo funciona, pero sí se sabe que las interacciones entre los organismos son clave a la hora de conseguir la mayor inteligencia posible. Pese al magnífico resultado obtenido por Galton, los estudios más recientes sobre inteligencia colectiva en humanos siguen esta línea y apuntan a que las interacciones entre personas aumentan las posibilidades de éxito dentro de un grupo. Esto se ha visto en experimentos que muestran una mayor cantidad de aciertos en grupos de personas que a la hora de tomar decisiones interaccionan entre sí frente a las que no lo hacen.

Cambiar los paradigmas a los que estamos acostumbrados no es fácil, pero la ciencia indica que como grupo aún podemos hacerlo mejor. Y es que si esos 800 granjeros hubieran intercambiado opiniones sobre el buey («Yo creo que pesa esto por que su color de pelo indica que está desnutrido», «Pues yo creo que pesa algo más por que sus dientes indican que tiene más de 7 años», etc.) quizá hubieran llegado a una conclusión aún más precisa*.

Una parte crucial de Homeward Bound son las interacciones entre participantes, ya que tenemos interiorizado que a través de ellas todas nos hacemos un poco más listas. Y es que si vamos a usar la ciencia en la lucha contra el cambio climático no vamos a centrarnos solo en la que versa sobre dióxido de carbono y deshielo glaciar -también hay que tener en cuenta la que investiga cómo ser más eficaces como grupo. Apoyándonos entre nosotras queremos demostrar el gran potencial del ser humano a la vez que tenemos una influencia positiva en la conservación del medio. Nuestro objetivo para el 2026 es haber formado una red 1.000 mujeres que interaccionando entre sí luchen por promover un cambio. Quién sabe, quizá 120 años después de Galton consigamos crear una nueva revolución en el campo de la inteligencia colectiva.

* en este caso concreto particularmente difícil, ya que la estimación grupal fue de 1.197 libras cuando el peso real del animal era 1.198.

[1] Rosenberg, L.B. and Baltaxe D. 2016. Crowds vs swarms, a comparison of intelligence. IEE

[2] Rosenberg, L. B.  2010. Human swarms, a real-time method for collective intelligence. Proceedings of the European Conference on Artificial Life 2015. 658-659

[3] Woolley et al. 2010. Evidence for a collective intelligence factor in the performance of human groups. Science. 330. 6004. 686-688